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SociedadEdición Pocket· 1 min de lectura

El momento antes de que empiece la partida

Edición Pocket. Esta es una versión más breve de un artículo más largo; puedes leer la edición completa cuando tengas más rato.

Faltan dos jugadores. Ocho desconocidos quietos mirando un contador que baja. Alguien salta sin motivo, alguien escribe «hola». No ha empezado nada y ya está pasando algo.

El antropólogo Victor Turner estudió esas fases intermedias de los rituales: el punto en que alguien ha dejado de ser lo que era y todavía no es lo que será. Ahí las jerarquías se suspenden y aparece un vínculo horizontal entre quienes esperan juntos. Turner lo llamó communitas.

Una sala de espera es eso de manual. Nadie ha ganado ni perdido, nadie sabe quién juega bien, el marcador no existe. Por eso se habla justo ahí: hablar todavía no cuesta nada.

Llevamos una década acortando esa espera en nombre de la agilidad, y al quitarla se elimina el único rato en que dos desconocidos coincidían sin objetivo. Queda un juego más ágil y con menos gente conocida dentro.

El tiempo muerto casi nunca está muerto: suele ser el único tiempo libre que le quedaba a una actividad. La diferencia entre una espera buena y una molesta no es la duración, sino si puedes hacer algo mientras.